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Mucho se ha hablado y escrito ya de Mestalla, en general (si esas palabras vienen más allá de Utiel), mal. Todos conocemos ya dichas críticas, unas justas y otras no tanto. Pero, ¿hasta qué punto son ciertas?.

Yo, como muchas veces se quiere hacer creer, no pienso que seamos los que matamos a Manolete, pero sí creo que somos un tanto especiales. El Valencia es algo así cómo eso que te tapas la cara con las manos para no ver, pero acabas mirando entre los dedos. La excentricidad hecha club. Algo complejo de entender incluso para los propios valencianistas, y es ahí donde puede radicar uno de nuestros grandes problemas. ¿Nos conocemos realmente?, ¿sabemos trasladar esa personalidad tan fuerte y marcada hacia los nuevos que llegan?.

Bien, empecemos por el principio; los valencianos somos alegres, fiesteros, excéntricos, orgullosos y con un punto de fanfarronería (importante comprender esto para explicar el pasado reciente político de ésta tierra), donde hoy todo es blanco y mañana negro, donde hoy somos el principal feudo de un partido político y mañana justo lo contrario. Solo un pueblo así es capaz de llevar por bandera la pólvora y el fuego. El VCF claro, no podía ser ajeno a todo ello. Mestalla sobre todo, tolera muy mal que le hieran el orgullo, no sentir que los que están ahí abajo están a la altura de su enorme pasión. Por eso a futbolistas como Parejo, Fernando, Jonas o Ilie les cuesta tanto conectar con la grada, si es que alguna vez lo consiguen (salvando las distancias que hay entre esos futbolistas, por supuesto). Nuno ya sabe cómo nos las gastamos, se atrevió a desafiar a dos tipos tan queridos como Salvo y Rufete, y ahí firmó su sentencia de muerte. Sin eso se le hubiera permitido perder más ya que tenía crédito por los 77 puntos logrados la temporada pasada, no le demos más vueltas.

La indefinición del VCF a la hora de posicionarse en el fútbol español también es interesante de analizar. Grande entre los pequeños, pequeño entre los grandes. El aficionado del Granada sabe que es imposible que su equipo gane la liga. El del Valencia sí piensa que es posible. Difícil, muy difícil, pero posible. Por eso, a la mínima sospecha de que no se está haciendo todo lo posible para acortar las enormes diferencias con los dos transatlánticos entra en un estado de frustración y rabia.

Podríamos hablar mucho más sobre nuestra forma de ser, pero creo que, a grosso modo, estamos todos bastante de acuerdo.

Entendiendo que somos como somos y sin pretender cambiarnos con un simple articulito, conviene recordar que sólo nos tenemos a nosotros mismos. Con unos medios de comunicación (los de aquí) cuyos intereses muchas veces están contrapuestos a los del club, y con otros (los de allá) que nunca han hecho nada por tratar de comprendernos, estamos a merced de que el mediocre de turno utilice a la afición como escudo de sus fracasos.

El valencianista ama a su equipo, y nada desea más que verlo triunfar, pero en ocasiones ese amor le sobrepasa. Esa pasión que en gran medida ha hecho grande al VCF, en algún momento puede suponer un problema. “Se nos rompió el amor de tanto usarlo”, ya saben. La antipatía que generamos la podríamos redefinir en nuestro favor, cerrarnos en nosotros, sin dejar a un lado jamás la autocrítica y sabiendo encauzar nuestra pasión. Ya digo, nadie va a venir de fuera a darnos palmaditas en la espalda. No tenemos a nadie que nos escriba, que nos haga un relato. No sé si me explico.

 

 

La imagen que ilustra el artículo es cortesía de http://www.skywaspink.com/

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